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miércoles, 5 de marzo de 2014

Purple Rock

Aquí tenéis algo que escribí hace tiempo. Lo titulé: PURPLE ROCK. Es algo que escribí con la única intención de eso, escribir algo y usarlo, tal vez, para luego hacer una novela gráfica. Puede que lo acabe algún día, aunque seguramente cambie muchas cosas que ahora al leerlo, no me acaban de convencer. Pero he pensado que tal vez os pueda entretener y quién sabe, a lo mejor hasta os gusta. No seáis muy duros con las criticas. Lo mio, ya sabéis... es dibujar! ;)

No he podido, o no se hacerlo, o no se puede, colgarlo en PDF. Ya investigaré como poder hacerlo. Un saludo!! ;)


Prólogo

2 de agosto de 2009. Afueras de Purple Rock; condado de Lincoln, Nevada.

El rugido del motor del Ford Galaxy rompió el silencio de la mañana mientras sus ruedas chirriaban levantando una nube de polvo que casi impedía ver la estación de servicio que dejaba atrás.
     El establecimiento, ubicado en pleno desierto, era el último contacto con la civilización que el conductor del Ford iba a tener en muchos kilómetros desde que huyó de Purple Rock.
     El hombre pisó el acelerador a fondo mientras giraba hacia atrás la cabeza para asegurarse de que nadie le seguía.
     Su corazón, que poco antes pugnaba por salir de su pecho, fue calmando su palpitar al sentirse fuera de peligro.
     Ahora solo le rodeaba el desierto. Su tierra yerma era lo único que se veía a través de las ventanillas del vehículo.
     Volvió a mirar hacia atrás y observó que la nube de polvo ya casi había desaparecido. Fue como un bálsamo para él ver que la estación de servicio menguaba a medida que se alejaba de ella.
     Respiró con más calma.
     «Ya no me alcanzarán.»
     Un extraño ruido se oyó en la parte trasera del Ford alertándolo. Su corazón aceleró su ritmo de nuevo y sus ojos buscaron por el espejo retrovisor interior sin conseguir ver nada.
     A un kilómetro de la estación de servicio, el Ford Galaxy detuvo bruscamente su carrera.
     Un grito ahogado surgió de la garganta del hombre.
     Lo que vio en la parte trasera del vehículo, le heló el alma.
El mensaje

3 de Agosto de 2009. Nueve de la mañana. Oficina federal de investigación de Las Vegas.

El café recién hecho humeaba sobre la mesa mientras el agente federal, Marvin Bates, intentaba alcanzar el teléfono que sonaba bajo una montaña de papeleo y carpetas.
      Sus grandes manos apartaban objetos de la mesa como si de arena de playa se tratara.
      Medía un metro con noventa centímetros y pesaba noventa y cuatro kilos de puro músculo, embutidos en un traje de poliéster azul oscuro del que resaltaba una camisa blanca y  una corbata negra. Llevaba el pelo rapado para, según él, sanear el cuero cabelludo ya que se le estaba cayendo el pelo y una ligera calvicie se le estaba formando en la coronilla. Tenía un rostro de facciones marcadas y mirada inquisitiva que le daba un semblante pendenciero, aun cuando no lo era,  que se acrecentaba cuando hablaba, ya que poseía una voz grave y atractiva que acompañaba a la perfección aquel físico envidiable.
     Con treinta y cinco años, metro noventa, un cuerpo poderoso y ahí estaba, lidiando con papeles y carpetas que le provocaban la sensación de estar perdiendo la batalla.
     Cuando logró encontrar el teléfono, la luz roja de la consola que se iluminaba intermitentemente le indicó que la llamada era interna, más concretamente de su jefe, Roger Mayers.
     ¾Buenos días, señor. ¿En qué puedo ayudarle? ¾Preguntó Marvin con la frente perlada de sudor después de su lucha contra el papeleo.
     ¾Marvin, necesito que venga a mi despacho inmediatamente, por favor ¾ordenó la voz educadamente.
    


      A los dos minutos, Marvin se plantó frente a la puerta del despacho de Mayers.
     Dos minutos era lo que se tardaba en llegar a la puerta del ascensor de la segunda planta, donde se hallaba el despacho de Marvin, subir hasta la planta décima, recorrer los veinte metros de pasillo y llegar al despacho de su jefe.
     Marvin dio dos golpes tenues con el dedo índice en la puerta a modo de aviso, para acto seguido entrar en el despacho.
     ¾Buenos días, Marvin. Siéntese, por favor ¾saludó Mayers gentilmente.
     ¾Buenos días, señor ¾devolvió el saludo mientras se acomodaba en una de las dos butacas emplazadas frente la mesa escritorio de Mayers.
     Marvin miró a su jefe que estaba absorto leyendo un informe que tenía sobre la mesa.
     Mayers tenía cincuenta y siete años aunque no los aparentaba. Le gustaba comer y sus noventa kilos en alguien que medía casi un metro setenta se notaban, sobre todo en su barriga, que impedía ver la hebilla del cinturón que sujetaban sus pantalones de lana fría marrón.
     Lucía una barba larga y tupida que acentuaba la falta de pelo en su cabeza y daba la impresión de que todo el cabello se había trasladado a su tez redondeada y bronceada por el sol de Las Vegas.
     Mayers, sin alzar la cabeza del informe que estaba leyendo, se dirigió a Marvin.
     ¾¿Sabes dónde está Purple Rock? ¾preguntó.
     ¾¿Purple Rock? ¾se sorprendió Marvin¾. Bueno, creo que se encuentra en el condado de Lincoln, señor.
     ¾Efectivamente ¾dijo Mayers levantando la vista de su escritorio¾. En Tikaboo Valley. Es un pequeño pueblo de unos seiscientos habitantes, a unos tres kilómetros de la carretera 375.
     Marvin se quedó pensativo. Esa carretera le sonaba de algo.
     ¾La carretera extraterrestre ¾dijo en cuanto se hubo acordado.
     ¾Sí. Así es como aparece actualmente en los planos desde que el estado de Nevada quiso potenciar el turismo en base a la expectación provocada por el aeródromo militar secreto que se encuentra cerca de allí, en la orilla sur de Groom Lake.
     ¾El Área 51 ¾ puntualizó Marvin con una irónica media sonrisa.
     ¾Justamente. Pero no nos desviemos del tema. Quiero que escuches esto, Marvin ¾ordenó Mayers plantando en el centro de su mesa una grabadora¾. Es un mensaje que recibimos ayer a la una del mediodía. Quedó grabado en el contestador de emergencias del FBI.
     El contestador  ayudaba a que la cantidad de llamadas que recibían en emergencias no se colapsaran.
     Cuando alguien no podía ser atendido por estar todas las líneas ocupadas, el contestador las grababa para que en un periodo breve de tiempo pudieran ser atendidas.
     Mediante un software informático, reconocía palabras como: amenaza, terrorismo, terrorista, ataque, bomba… cualquier mensaje que incluyera estas palabras pasaba directamente al TSC, centro de detección de terroristas (terrorist screening center), y se estudiaba el mensaje.
     Se localizaba la llamada, de donde provenía, quien llamaba; aunque esto último no era tan fácil pues la mayoría de avisos se efectuaban en teléfonos públicos.
     El TSC disponía de una enorme base de datos que, entre otras cosas, incluía nombres de terroristas reconocidos y sospechosos de terrorismo. Si algún nombre de esa base de datos era pronunciado en el mensaje, se actuaba en consecuencia.
     Mayers pulsó el play, se levantó y se dirigió hacia un enorme ventanal situado a la izquierda del escritorio con las manos cruzadas a la espalda como quién pasea por el parque y se quedó contemplando el espectacular paisaje mientras la grabación daba comienzo. Desde esa altura, la vista de Las Vegas era magnífica.


… amenaza… terr… jércit…Por favor...so... el...  calde  de Purple Rock. Estar... en... dromo de Purple Ro... Den... prisa.
 



       La grabación terminó y Mayers se dirigió de nuevo a su escritorio y apagó la grabadora.
      Marvin lo había anotado todo en una pequeña libreta que llevaba siempre en el bolsillo interior de su americana.
     ¾Supongo, señor, que los especialistas ya habrán interpretado el mensaje, ¿no? ¾quiso saber Marvin sin despegar los ojos de sus anotaciones¾. Y supongo que se habrán comunicado con el sheriff de Purple Rock para informarle sobre la cuestión. Está claro que  el mensaje habla de algún tipo de amenaza. Y usted no me habría llamado si no hubiera algo más. ¿Qué ocurre, señor?
     ¾En un principio pensamos que se trataba de una llamada de alguien que se aburría en casa, pero desde el 11-S…  
     Marvin asentía con la cabeza.
     ¾La llamada se realizó desde una cabina telefónica de Purple Rock. Como bien has supuesto, nos pusimos en contacto con la oficina del sheriff del pueblo y le informamos de lo ocurrido. Muy amablemente, el sheriff, Ray Carter, dijo que nos informaría sin demora de lo que descubriese. Y así lo hizo. A las dos horas de habernos comunicado con Carter, nos llamó ¾Mayers hizo una pausa, cogió un botellín de agua que tenía en un pequeño mueble y le dio un trago. Le ofreció a Marvin, que negó con la cabeza¾. Nunca le comentamos al sheriff el contenido total del mensaje. Solo le dijimos que alguien estaba llamando al FBI para informar de una amenaza terrorista.
     ¾Si yo supiera que hay una amenaza terrorista, al primero que informaría sería al sheriff ¾intervino Marvin.
     ¾Estamos de acuerdo. Una razón más para pensar que sería alguna broma de mal gusto. Como te decía, Carter volvió a llamar a las dos horas. Nos comunicó que habían arrestado a un chico de unos dieciséis años al que habían pillado hablando en una de las cabinas de Purple Rock. Según el sheriff, era un chico problemático dado a este tipo de bromas.
     ¾La voz grabada no es la de un chico de dieciséis años ¾comentó Marvin¾. Tal vez usó uno de esos artefactos que cambian la voz.
     ¾Lo comprobamos. La frecuencia de la voz era natural; de un hombre mayor.
     Marvin volvió a mirar sus anotaciones.
          ¾No te esfuerces, Marvin. Yo te diré exactamente lo que dice. Por culpa de esa grabación solo he podido dormir cuatro horas. Estuvimos el equipo del TSC y yo toda la maldita noche para descifrar ese mensaje y no porque fuera difícil, sino para que fuera su interpretación lo más fiable posible.
     ¾Lo que no entiendo es la mala calidad de la llamada. ¿Por qué esos cortes? ¾Preguntó Marvin.
     ¾Bueno, según el sheriff Carter, esa noche había una tormenta eléctrica de mil demonios en Purple Rock.  Las comunicaciones estaban fatal. Y hablando de comunicaciones, te diré, aunque lo estaba reservando para el final, que llevamos toda la mañana intentando comunicarnos con  Purple Rock sin éxito. Ayuntamiento, comisaría… Incluso hemos llamado al instituto del pueblo sin conseguir nada.
     ¾Ahora sí que me está dando miedo, señor ¾dijo Marvin con tono irónico.
     ¾Lee esto ¾ordenó Mayers mientras le pasaba a Marvin el informe que poco antes estaba leyendo él.

Amenaza terrorista. Ejército. Por favor. Soy el alcalde de Purple Rock. Estaré en el aeródromo de Purple Rock. Dense prisa.
 



    
¾Esto es lo que los expertos creen que dice el mensaje ¾dijo Mayers.
     ¾¿El alcalde? ¾exclamó Marvin sorprendido mientras releía el mensaje.
     ¾Eso parece. Marvin, quiero que vayas a Purple Rock. Quiero saber que hay de verdad en esa llamada. Si fue el alcalde el que llamó o alguien que dijo ser él. La cuestión es que  creo que el sheriff oculta algo. No me fío de ese tal Carter. Tal vez quiera ganarse una medallita a costa de intentar atrapar él solito a un grupo de terroristas pueblerinos. Si el alcalde de Purple Rock es el que realizó la llamada, ¿por qué cojones lo hizo desde una cabina? Estoy convencido de que algo ocurre allí y quiero saber que es. No quiero movilizar a nadie hasta saber que hay de cierto en este asunto.
     ¾De acuerdo, señor. Me pondré en marcha.
     ¾Una avioneta está esperando en el aeropuerto de Las Vegas. Te llevará al aeródromo que está a dos kilómetros de Purple Rock. Es el transporte más rápido. Allí podrás alquilar un coche. Marvin, quiero que me informes de cada paso que des. Llévate este teléfono ¾ordenó Mayers dándole a Marvin un teléfono vía satélite Thuraya SG-2520¾. No estoy seguro de que en Purple Rock haya mucha cobertura y visto que no podemos comunicarnos con ellos, espero que con este teléfono puedas hacerlo.
     ¾Informaré al agente Carl y nos pondremos en marcha, señor.
    ¾Carl es tu compañero, ¿verdad? ¾preguntó Mayers interesado.
     ¾Así es, señor.
     ¾Es un buen chico. Aunque haber si consigues que no sea tan malhablado.
     ¾Lo intentaré, señor ¾dijo Marvin sonriendo.
     ¾Por cierto, Marvin ¾exclamó Mayers antes de que Marvin saliera de su despacho¾. El alcalde de Purple Rock se llama Richard O’Brien y… ten cuidado.
     Marvin asintió con la cabeza y salió de allí.



     Carl Crow llevaba siendo compañero de Marvin desde hacía seis años. Su forma de ser, algo peculiar, había calado en Marvin. Tenía dos años menos que él, era afro-americano, delgaducho y lucía una mata de pelo a lo Jackson five.
     Marvin no tardó mucho en localizar a Carl. Una voz aguda se oía al fondo del pasillo.
     Al final del pasillo se abría una sala enorme, donde cuatro hileras de mesas separadas por mamparas de aglomerado forradas de melamina, ocupaban la mayor parte del espacio.
     La actividad en la oficina era frenética. Teléfonos sonando, gente moviéndose de arriba abajo, fotocopiadoras trabajando a destajo y en un lateral de la sala, donde se encontraba la máquina de café, había un grupito de seis personas en el que se encontraba Carl.
     Carl explicaba algo mientras hacía aspavientos con los brazos como era habitual en él a la hora de expresarse.
     «Seguro que está contando alguna de sus batallitas de fin de semana».
     Las historias de Carl eran famosas; casi todas subiditas de tono. Las contaba de una manera tan explícita que era un espectáculo no apto para menores o personas con perjuicios.
     ¾Venga, Carl. Deja de contar batallitas; tenemos trabajo ¾dijo Marvin a su compañero.
     ¾¡Marv! ¾exclamó Carl¾¿Dónde cojones estabas? Llevo toda la jodida mañana buscándote.
     ¾En el despacho de Mayers ¾respondió Marvin.
¾Acaba la historia, Carl ¾interrumpió uno de los agentes¾. No nos dejes a medias.
¾Marvin, déjale acabar, que esta es una de las buenas ¾comentó otro.
     Marvin asintió con la cabeza, sonriendo. Sabía que las historias de Carl no eran en absoluto inventadas lo que las hacía todavía más interesantes.
     ¾Bueno, pues ahí estaba yo ¾continuó Carl¾. En pelotas. Tumbado en la cama con una tía que me sacaba un palmo de altura y cuando le quité las bragas, tenía una mata de pelo que parecía una vista aérea de una selva tropical ¾.Todos reían a carcajadas.
     Las expresiones en los gestos de Carl, que daban la sensación de que estaba reviviendo la situación, eran de Oscar.
      Marvin a veces se preguntaba por qué su compañero y amigo no eligió ser actor en vez de un agente del FBI.
     ¾Ella no paraba de suplicarme que se lo besara ¾continuó Carl—Y lo intenté, tíos, de verdad. Pero cada vez que metía mi jodida cara entre esa pelambrera, tenía que coger aire. Se me colaban los pelillos en la boca y me atragantaba. Parecía un jodido gato sacando bolas de pelo ¾las risas resonaban por toda la oficina. Algunas personas más se unieron al grupo. Parecía un teatrillo callejero¾. Y ella no paraba de decirme: «No pares, no pares».  Al final me harté. La miré seriamente y le dije: «Nena, o te depilas, o te haces una trenza, o van a tener que sacarme de aquí con mascarilla de oxigeno».
     Las carcajadas se escuchaban en toda la planta. Algunas personas estiraban la cabeza por encima de las mamparas intentando dilucidar de donde provenía toda esa algarabía.
     ¾Vamos Carl ¾dijo Marvin con lagrimas en los ojos¾, tenemos trabajo.
     La gente se fue dispersando hacia sus mesas. Las risas aún se oían cinco minutos después de haber acabado Carl su historia.
¾Eres genial ¾le dijo Marvin a Carl.
¾Bueno, me gusta revolucionar un poco el ambiente. De lo contrario, estar aquí sería sumamente aburrido.
     ¾Estoy de acuerdo.
     ¾Así que el jefe Mayers te ha llamado. Y, ¿Qué trabajito nos ha encomendado?
     ¾Nos vamos a Purple Rock.
     ¾¿A dónde? ¾preguntó Carl sorprendido.
¾A Purple Rock. Una avioneta nos está esperando en el
aeropuerto de Las Vegas.
     ¾¿Dónde cojones está Purple Rock?
¾En el condado de Lincoln, en Tikaboo Valley. No te
 preocupes, de camino allí te lo explicaré todo.

Sobrevolando

La avioneta Cessna 303 Crusader, sobrevolaba el desierto de Nevada mientras Marvin y Carl observaban por la ventanilla el magnífico espectáculo.
    Durante el vuelo, Marvin había explicado a Carl la situación a la que se enfrentaban. Mayers le había proporcionado a Marvin el informe en el que revelaba todo lo referente al caso e información sobre el lugar.
     ¾Cinco minutos para llegar al aeródromo de Purple Rock, señores ¾informó el piloto.
     ¾Si; ahí está. Desde esta altura puedo verlo ¾confirmó Carl¾. Y un poco más allá Purple Rock, que estará a unos dos kilómetros del aeródromo.
     ¾No es un pueblo muy grande ¾advirtió Marvin metiéndose un chicle en la boca.
     ¾¿A qué se dedicarán?, parece que no haya mucho que hacer en ese pueblucho ¾comentó Carl.
     ¾Si prestaras atención a lo que lees, sabrías que en el informe dice claramente, al ganado y al cultivo de maíz. Aunque años atrás era un pueblo minero. Debido a varios derrumbamientos, murieron más de treinta personas. Por culpa del mal estado en que se encontraban las minas, se cerraron.
     ¾Así que ahora son granjeros. No me extraña que se dediquen a realizar llamaditas extrañas; se tienen que aburrir de lo lindo ¾concluyó Carl.
     La avioneta comenzó su maniobra de aterrizaje. 
     ¾Esto no es normal ¾se quejó el piloto.
     ¾¿A qué se refiere? ¾quiso saber Marvin.
¾Estoy intentando comunicarme con el controlador del
aeródromo pero no recibo respuesta.
¾¿Significa eso que no puede aterrizar?
¾Se nota que usted no conoce a John Murdock, señor.
 Quieran o no quieran darme permiso esos paletos de ahí abajo, voy a aterrizar.
¾¡Así se habla! ¾Exclamó Carl desde la parte trasera
 de la avioneta.
     Marvin sonrió mientras asentía con la cabeza.
¾Vamos allá.

El aeródromo

La avioneta aterrizó en el aeródromo de Purple Rock.
     Eran las tres de la tarde y hacía un calor espantoso. No corría ni una pizca de aire con el que engañar aquel tedioso bochorno.
     Marvin, Carl y Murdock, bajaron de la Cessna y no pudieron evitar la sensación de incomodidad que les producía aquel silencio. No se oía nada. No se veía a nadie. Aquel lugar estaba desierto.
     ¾Echaré un vistazo en el hangar ¾dijo Murdock señalando una gran nave que se hallaba a unos cien metros a la derecha de la pista¾. Puede que haya alguien allí.
     A la izquierda de la pista de aterrizaje se alzaba un edificio de dos plantas de unos doscientos metros cuadrados por planta. Unos grandes ventanales rodeaban la segunda planta, por los cuales, se podía observar sin dificultad el aterrizaje y despegue de los aviones. Marvin supuso que hacía la labor de torre de control.
     A la derecha del edificio de control aéreo, se hallaba un aparcamiento de vehículos de alquiler en el que se podían vislumbrar un par de coches aparcados.
     ¾De acuerdo ¾accedió Marvin¾. Dirígete al hangar. Carl y yo iremos al edificio de control aéreo.
     Marvin y Carl avanzaron unos cincuenta metros hasta llegar frente a la entrada del inmueble. A través de la puerta de vidrio se podía ver la recepción emplazada a la izquierda y frente a ella una salita de espera.
      Marvin abrió la puerta.

O’Brien

Sentado en su coche, el hombre observó a través del parabrisas como dos personas se adentraban en el edificio de control aéreo. Una tercera se dirigía hacia el hangar y por un momento temió que le descubrieran. Pero no fue así. Se encontraba apartado del hangar lo suficiente como para no ser visto.
     Había pasado toda la noche en el vehículo sin pegar ojo.
     Las imágenes de los hechos ocurridos días antes no le habían dejado dormir y estaba convencido de que no lo haría nunca más.
     La esperanza de que alguien hubiera recibido su  mensaje se estaba desvaneciendo.
     Solo pensar que lo ocurrido en Purple Rock podría extenderse sin control, le llenaba de pavor.
    El ruido de la avioneta lo sacó de su ensimismamiento.
    Se incorporó dando un respingo en el asiento y alzó la vista para observar el cielo en busca del avión.
     Ahora estaba ahí, sentado en su coche sin atreverse a salir.
     Dos de los hombres que habían bajado de la Cessna iban ataviados con traje. El tercero quedaba claro, por su modo de vestir, de que se trataba del piloto.
     El hombre intuyó que las dos personas que hacía un momento habían entrado en el edificio, pertenecían al FBI.
    ¿Por qué no se atrevía a dejarse ver? Esa pregunta le rondaba la cabeza. Llevaba tantos días escondiéndose que ahora no tenía valor para salir del coche. Nada indicaba que esas personas tuvieran malas intenciones y tal vez era la ayuda que había estado esperando. No podía quedarse ahí sentado.
       El hombre respiró hondo y tomó una decisión.  


     Marvin y Carl salieron del edificio de control aéreo después de haber indagado en él. No encontraron a nadie. Todo el lugar estaba deshabitado. Ninguno de los dos agentes podía entender que estaba ocurriendo allí.
     —Todo estaba ordenado; mesas, sillas, archivos... Como si lo hubieran abandonado sin más —comentó Carl.
     —Este asunto es bastante inquietante, por más vueltas que le doy, no logro encontrar una respuesta lógica a todo esto. Estoy convencido de que sucede algo, pero dudo que tenga algo que ver con terroristas —dijo Marvin.
     —Ahí viene John —señaló Carl con la cabeza—. Tal vez él haya encontrado algo.
     —Nadie —dijo John Murdock meneando la cabeza en cuanto alcanzó a los agentes—. No hay nadie en el hangar. He mirado por todos lados y no he encontrado a nadie.
     —¿Hay corriente eléctrica? — preguntó Marvin.
      —No. Intenté usar uno de los surtidores de combustible pero no funcionaba. Si no conseguimos combustible o que funcione el surtidor, no sé como volveremos a Las Vegas.
     —En el edificio tampoco había corriente —dijo Marvin—. Está bien, vamos a relajarnos y pensaremos que hacer. Lo principal es intentar llegar al pueblo. En el aparcamiento hay dos vehículos y  antes he visto las llaves  en la recepción del edificio. Probaremos si los coches funcionan e iremos a Purple Rock. Tal vez allí encontremos respuestas. ¿De acuerdo?
     —No pienso abandonar mi avión —replicó Murdock— Yo me quedo.
     —Piénsalo John. No sabemos qué cojones está ocurriendo y podría ser peligroso —advirtió Carl—. No me parece buena idea.
     —No os preocupéis. Se cuidarme solo. Tengo agua y comida en la avioneta y también un arma que se usar. Estaré bien.
—Joder, Marvin, dile algo —exclamó Carl.
—Opino igual. Es lo mejor que puedes hacer, John. Quédate en el avión, pero ten cuidado —dijo Marvin.
     ¾¿Qué? —exclamó Carl perplejo.
     —Carl, no sabemos que encontraremos en el pueblo. Podría ser más peligroso que quedarse aquí. Creo que estará más seguro en su avión. Nuestra prioridad como agentes del FBI es proteger a las personas. No puedo poner en peligro a John.
     —De acuerdo entonces. Pero no tardéis mucho —dijo sonriendo el piloto.



El motor de un coche se oyó a lo lejos.
    Marvin, Carl y John Murdock se giraron en dirección al sonido y vieron que un vehículo se dirigía a ellos a gran velocidad.
     Marvin y Carl en un acto reflejo, sacaron sus armas reglamentarias y apuntaron al vehículo.
     El Ford Galaxy aminoró su velocidad y se detuvo finalmente a unos quince metros de donde se encontraban los tres hombres.
     La puerta del coche se abrió. Sin apagar el motor, el conductor salió del vehículo con las manos en alto y se quedó mirando a los tres hombres. Marvin y Carl seguían apuntándole.
      — ¡Agentes del FBI, Identifíquese! —exclamó Marvin.
     —Yo... yo les llamé—dijo el hombre.
     Marvin dudó un momento.
     — ¿Es usted... el alcalde de Purple Rock?
     —Así es. Soy Richard O’Brien, alcalde de Purple Rock.


Marvin observaba a O’Brien y no podía entender que le había sucedido a aquel hombre.
     Vestía una camiseta de manga corta llena de suciedad y lamparones, que conjuntaba con unos pantalones cortos azul eléctrico igual de sucios.
     Aquel hombre tendría unos cincuenta años, era orondo y no muy alto. Su aspecto desaliñado le hacía parecer un vagabundo, aunque Marvin conocía a mendigos más limpios en Las Vegas. Marvin percibía en la mirada de aquel hombre, lo realmente mal que lo había pasado.
     «¿Este es el alcalde de Purple Rock?»
Parecía más bien un loco salido de algún psiquiátrico.
     —Apártese del vehículo muy despacio. Si lleva algún arma déjela en el suelo y diríjase a la parte delantera del coche —ordenó Marvin sin dejar de apuntar con su arma.
     —Yo no soy la amenaza —dijo O’Brien.
     —Por favor, haga lo que le he dicho.
      —De acuerdo, agente. Solo llevo un cuchillo. Para defenderme, ¿entiende?
     O’Brien enseño un cuchillo tipo machete que llevaba oculto en la parte de atrás del pantalón. Al observar la hoja del cuchillo, Marvin y Carl, vieron que manchas de sangre seca cubrían gran parte de la hoja.
     —Muy bien señor O’Brien. Ahora deje el cuchillo en el suelo y diríjase a la parte delantera del vehículo.
     O’Brien hizo lo que Marvin le había ordenado.
     Marvin y Carl se acercaron lentamente al hombre.
     —Por favor, ponga las manos en el capó del coche y sepárelas —ordenó Carl.
     —De verdad que yo no soy la amenaza. Créanme —dijo O’Brien.
     —Estoy seguro de ello, señor O’Brien. Solo hacemos nuestro trabajo, ¿entiende?
     —Lo comprendo. Ustedes no saben si digo la verdad y yo no sé si la dicen ustedes ¿De verdad son agentes del FBI?
     ¾De eso puede usted estar seguro—dijo Marvin sacando su cartera del bolsillo interior de su chaqueta y mostrándole su identificación a O’Brien—. Soy el agente Marvin Bates y él es mi compañero Carl Crow. El hombre que ve a mis espaldas es el piloto de la avioneta, John Murdock. No somos sus enemigos señor O’Brien. No debe temer nada. Solo queremos entender que ha ocurrido aquí.
     El hombre ladeó la cabeza y se les quedó mirando. Tenía una mirada nerviosa que resultaba incomoda.
     —Está limpio —confirmó Carl después de registrar al hombre.
¾¿Tiene usted algún tipo de identificación, señor
O’Brien? ¾Preguntó Marvin.
¾En el coche está mi cartera.
Carl se dirigió al vehículo.
¾Dese la vuelta, por favor ¾pidió Marvin a O’Brien
amablemente.
¾¿Cuándo vendrá el ejército? ¾ Preguntó el hombre a
Marvin.
     ¾¿Ejército? ¾Marvin se quedó perplejo por la pregunta.
     ¾¿Es que no escucharon mi mensaje? ¡Bastardos! ¡No me han creído!
     ¾Tranquilícese ¾le pidió Marvin agarrándolo del hombro.
     ¾¿Que me tranquilice? ¾O’Brien apartó el brazo de Marvin con fuerza¾ ¡Está loco! Como esto no se pare todos estarán afectados. ¿No lo entiende? ¡Dios mío! ¡Dios mío!
     ¾Por favor, cálmese.
     ¾¿Qué es lo que le ha pasado Sr. O’Brien? Explíquese y tal vez podamos saber qué hacer.
     O’Brien se quedó mirando por unos segundos a Marvin para después arrancar a reír como un poseso.
     ¾¿Saber qué hacer? ¾exclamó mientras reía histéricamente¾. Ya no se va a poder hacer ¡nada!
     ¾Marvin, acércate ¾pidió Carl¾. Deberías ver esto.


El asiento del conductor estaba cubierto de sangre al igual que los traseros. Era sangre seca. Con el calor que hacía allí podría haberse manchado esa misma mañana y secarse en un par de horas. Pequeñas gotas del mismo fluido escarlata moteaban los cristales de las ventanillas.
     Era un escenario grotesco.
     ¾Abre el maletero, Carl ¾ordenó Marvin a su compañero sin poder dejar de mirar el interior del coche.
     Marvin ladeó la cabeza y dirigió una mirada inquisitiva a O’Brien que estaba sentado en el suelo con las manos en la cabeza y con la espalda apoyada en un lateral del vehículo. ¿Qué había sucedido en aquel lugar? ¿A quién había matado O’Brien? ¿De verdad se llamaba ese hombre O’Brien?
     Demasiadas preguntas que aún no tenían respuesta.
     Marvin volvió a mirar en el interior del coche y vio una cartera marrón sobre el salpicadero.
     La cogió y la abrió.

¡Marchémonos!

En el maletero no había nada extraño. Carl sabía que su compañero le había hecho abrir el maletero sospechando que hallaría un cuerpo o al menos algún rastro de sangre, pero no había nada.
     Tampoco era nada extraño. En aquel lugar existían mil sitios donde deshacerse de un cadáver sin necesidad de trasladarlo en un maletero. Pero deshacerse de un muerto y no limpiar la sangre… era algo ilógico. Aunque lo más fácil, incluso para un asesino novato, es deshacerse del coche, llevarlo a un lugar apartado y prenderle fuego.
     ¾Richard David O’Brien ¾leyó Marvin en el documento de identidad que encontró en la cartera.
     La fotografía revelaba que O’Brien era quien decía ser y una tarjeta identificativa del ayuntamiento de Purple Rock confirmaba su cargo. O’Brien era el alcalde.
     ¾¿De quién es la sangre, señor O’Brien? ¾preguntó Marvin.
      O’Brien se echó las manos al rostro y lloró desconsoladamente.
     ¾¿De quién es la sangre? ¾insistió Marvin con tono severo.
     ¾Estamos acabados ¾se limitó a decir el alcalde.
     ¾¿Acabados? ¿Qué quiere decir con eso?
     ¾Estamos muertos y ni siquiera se dan ustedes cuenta. Tan muertos como lo están ellos.
     ¾¿Qué cojones dice este loco? ¾exclamó Carl.
     ¾¡Muertos! ¡Están todos muertos! Hasta que luego dejaron de estarlo. ¡Volvieron a vivir! Están muertos pero no lo están ¿Entienden?
     Marvin y Carl no daban crédito a lo que oían.
     ¾¿Qué cojones está pasando, Marvin? ¾susurró Carl¾ Este tío no está en sus cabales.
     ¾No lo sé. Pero en el estado en que se encuentra ese hombre no le sacaremos nada. Lo mejor es seguir el plan que teníamos. Esperemos que funcione algún coche del aparcamiento, no me haría ninguna gracia tener que ir hasta Purple Rock en el de O’Brien.
     ¾¿Con toda esa sangre? Ni loco me meto yo ahí.
     ¾Entonces estamos de acuerdo.



John Murdock se había quedado atrás por precaución.
     Su corazón había dado un respingo cuando el coche de O’Brien se les acercaba a gran velocidad. Nunca se había encontrado en una situación semejante y pensaba que no se iba a detener y los arrollaría a los tres sin contemplaciones.
     Pero no fue así. El coche se detuvo antes de llegar a ellos y John Murdock respiró tranquilo.
     A cierta distancia, Murdock había observado como los dos agentes del FBI registraban tanto al vehículo como al conductor y como poco después aquel desastrado hombre cayó al suelo abatido e inmerso en un mar de lágrimas.  
     Marvin con un movimiento de su brazo indicó a Murdock que se acercara.
     ¾¿Quién es? ¾preguntó Murdock en cuanto se encontró cerca de Marvin.
     ¾Richard O’Brien, el hombre que nos esperaba y alcalde de Purple Rock.
     ¾No tiene buen aspecto. ¿Qué diablos le ha pasado?
     ¾Es lo que intentamos averiguar. Seguiremos con el plan. Carl y yo iremos con el alcalde a Purple Rock e intentaremos descubrir que es lo que sucede. ¿Sigues queriendo quedarte en tu avioneta?
     ¾Después de esto, no iría a ese pueblo ni borracho. Sé que por mucho que te diga no te voy a convencer e iras a ese maldito pueblo. Se ve en tu mirada que quieres respuestas, pero mi consejo es que os quedéis aquí, en el aeródromo. Llama a tu jefe y explícale lo ocurrido; dile que nadie esperaba que en el aeródromo no hubiera nadie, dile que no podemos volver porque estamos sin combustible… Estamos aislados Marvin. Mira como está ese hombre ¾dijo el piloto señalando a O’Brien¾. Y es el alcalde de Purple Rock, por amor de Dios.
     ¾Gracias por el consejo, John, de verdad. Pero como has dicho, no me vas a convencer y necesito respuestas. Soy agente federal, John. Es mi trabajo.
     ¾No se qué vais a encontrar allí, pero que Dios os ayude.


Carl había cogido del edificio de control aéreo las llaves pertenecientes a los dos vehículos de alquiler.
     Uno era un Ford Taurus blanco y el segundo un GMC Yukon Denali color crema.
     Carl sin dudarlo, probó el segundo.
      Tenía el depósito lleno y parecía que el vehículo no se había usado mucho. Estaba impecable.
     El todoterreno arrancó sin problemas. Carl lo condujo hasta donde se hallaba su compañero.
     Marvin levantó a O’Brien del suelo y le puso las esposas.
     ¾Eso no será necesario. Le puedo asegurar que no soy peligroso ¾dijo O’Brien.
     ¾Todo me indica que es usted quién dice ser. Pero contésteme a una cosa: si usted estuviera en mi lugar y fuera un agente del FBI, y acabase de encontrar a una persona que dice ser alcalde, pero que va vestido como un harapiento, con manchas de sangre en su ropa y en un cuchillo que llevaba oculto en el pantalón y además, encontrase en su coche más manchas de sangre como si hubiera habido una matanza en su interior, dígame señor O’Brien, ¿qué haría usted?
     O’Brien no pudo por menos que darle la razón.
     ¾Bien. Ahora subiremos al coche e iremos a Purple Rock ¾informó Marvin.
     ¾¡No! ¡No pienso moverme de aquí! ¡Si vamos nos matarán, nos matarán a todos! ¡Están ustedes locos!
     Percibiendo el grado de histeria de O’Brien, Carl le asió por detrás mientras Marvin abría la puerta trasera del coche.
     ¾¡No, por favor! ¡Están locos! ¡Si me llevan allí, estarán cometiendo un asesinato! ¡Tenemos que irnos lejos de  aquí!
     Carl introdujo en el coche a O’Brien y lo tumbó en el asiento.
     El hombre pataleó en los asientos delanteros con una furia nacida del pánico, mientras Marvin cogía su arma y le golpeaba en la cabeza.
     ¾A perdido el sentido ¾confirmó Marvin.
     ¾Bueno, así estaremos tranquilos durante el trayecto. ¡Jodido loco!
     ¾Marchémonos.

Purple Rock

                        
     Ya se veía la entrada al pueblo.
     Todo estaba en calma.
      Mientras se aproximaban, Marvin y Carl miraban por las ventanillas en busca de algún movimiento de gente. No se veía ni un alma. Aquel lugar parecía un pueblo fantasma.
     Purple Rock recordaba a las viejas películas del oeste. Una calle principal muy ancha cruzaba todo el pueblo, y los edificios se erguían a izquierda y derecha de esa calle. Los edificios, de estilo colonial, daban un aire nostálgico al paisaje que le hacía parecer estancado en el tiempo.
     ¾Esto es muy extraño. Son las 5 de la tarde y no hay ni un alma. Lo mismo que en el aeródromo. Las tiendas están abiertas, pero no se ven los dependientes. Algo no va bien aquí. ¾comentó Carl meneando la cabeza.
     ¾Si, es extraño.
     Aquella estampa era surrealista.
     Una señal de indicación informaba de la ubicación de la comisaría del sheriff.
     Marvin se dirigió hacia allí.


Marvin aparcó el coche justo enfrente de la comisaria. Apagó el motor y bajó del vehículo.
     ¾Quédate aquí, Carl. Vigila a O’Brien y si ves a alguien toca el claxon.
     Marvin entró en la comisaría.
     Marvin avanzó hasta la puerta de entrada del edificio. La puerta estaba entreabierta y una ligera brisa la mecía provocando que las bisagras mal lubricadas pronunciasen una sinfonía de sonidos irritantes. Empujó la puerta y entró en la comisaría.
      Al momento, una sensación de incomodidad le invadió, como si de algo tangible se tratara.
     Un extraño aroma flotaba en el ambiente. Un olor molesto, húmedo, mezclado con almizcle y flores secas que a Marvin le resultaba repulsivo.
     La comisaría era bastante amplia. El mostrador de la  recepción, cortaba el paso justo a tres metros de la puerta de entrada. Tras el mostrador, se hallaba una pequeña oficina cerrada con ventanas que Marvin supuso que sería del sheriff Carter. El resto del local estaba amueblado con cuatro mesas que servirían de escritorios para los ayudantes del sheriff. Al fondo y a la derecha de las mesas se localizaba una puerta con un cartel que se podía leer desde la distancia donde Marvin se encontraba; se leía: celdas.
     ¾¿Hay alguien aquí? ¾Exclamó.
     No hubo respuesta.
     Marvin recorrió la estancia advirtiendo unas extrañas manchas en el suelo que le eran difíciles de describir. Parecía una gran mancha de babas. Un poco más adelante, entre dos mesas, descubrió mas manchas idénticas. Se agachó para observarlas más detenidamente. Era una sustancia viscosa, parecida a la que segregan los caracoles pero más densa.
      Se levantó y avanzó hasta la puerta por la que se accedía a las celdas. Abrió la puerta y entró. Cinco celdas ocupaban la parte lateral izquierda de la habitación. Todas estaban vacías, pero al observar más detenidamente, Marvin descubrió que las sábanas arrebujadas que vestían tres de las cinco camas que amueblaban las celdas, estaban empapadas de la sustancia repugnante que había visto en el suelo. Justo donde se hallaban las almohadas.
     Aquel lugar le ponía los pelos de punta.
     Decidió salir de allí.
     

     Marvin abandonó la comisaría preocupado, intrigado y asustado.
     Sus ansias de respuestas le habían obligado a ir hasta Purple Rock, pero su instinto le pedía que se largara de ese lugar.
     ¾¿Has encontrado a alguien? ¾preguntó Carl desde el coche.
     ¾No. Pero algo ha ocurrido. De eso estoy seguro.
     ¾Esto me pone los pelos de punta Marv. Mayers nos envió para intentar descubrir que había de verdad en la jodida llamada de O’Brien, pero esto está fuera de nuestras posibilidades.
     ¾He encontrado algo ahí dentro que no sé cómo explicar.
     ¾¿Qué has encontrado?
     ¾Una sustancia. Una sustancia extraña.
     ¾¿Una sustancia? ¿Qué clase de sustancia?
     ¾Algo… que no sé si es de origen químico. En el suelo y en las camas de las celdas.
     ¾No me jodas ¾exclamó Carl nervioso¾. ¿No será algo radiactivo? Joder, O’Brien habló de una amenaza terrorista. ¿Esos cabrones han lanzado un ataque biológico? Joder, se nos van a caer las pelotas.
     ¾Si fuera un ataque biológico, estarían  las calles llenas de cuerpos. Además, O’Brien estaría afectado y aunque sucio y desaliñado, parece que no lo está, ¿no crees?
     ¾Tal vez. Pero… ¿Dónde cojones está la gente?
     ¾No lo sé, Carl. El que tiene las respuestas está en el asiento trasero del coche.
      ¾El único que nos puede decir qué coño ha pasado aquí, y está como una cabra ¾dijo Carl dirigiendo su mirada hacia O’Brien que yacía tumbado en el asiento de atrás.
     ¾Después de ver en que estado se encuentra Purple Rock, dudo mucho que O’Brien esté loco, en el sentido en que tu lo dices. Esperemos que cuando despierte O’Brien nos pueda decir algo. Voy a llamar.
     Marvin sacó el teléfono vía satélite del bolsillo e intentó llamar. Pero el teléfono ni siquiera se puso en marcha.
     ¾No se enciende ¾informó Marvin.
     ¾¿Has cargado la batería?
     ¾Estaba llena cuando salimos de Las Vegas. Además, este teléfono tiene cincuenta horas de autonomía en modo vía satélite y ciento veinte en modo GPS. No creo que el teléfono funcione mal. Algo está afectando a las comunicaciones.
     Marvin se quedó pensativo por unos segundos.
     ¾Probaré en esa cabina ¾habló de nuevo Marvin señalando una cabina de teléfono pública que se hallaba justo en la entrada de la comisaría.
     ¾De acuerdo, inténtalo.
     Marvin avanzó hasta la cabina y descolgó el auricular.


     Mientras, en el coche, el alcalde se despertó llevándose la mano derecha a la zona de la cabeza donde Marvin le había golpeado.
     ¾¿Dónde estoy? ¾preguntó O‘Brien.
     ¾En su maldito Purple Rock, señor O’Brien ¾contestó Carl crispado.
     ¾¿Qué hacemos aquí? ¡Tendríamos que estar lejos! ¾Exclamó O’Brien alterado,  ladeando la cabeza de un lado a otro como si buscase algo importante que hubiera perdido.
     ¾Tranquilícese o mi amigo volverá a atizarle, ¿entendido?
     ¾¿Dónde está su amigo?
     ¾Intentando realizar una llamada.
O’Brien  se incorporó en el asiento.
     ¾Dígale a su amigo, que les exija  que traigan al ejército y arrasen todo el pueblo.
     ¾La verdad es que tendrían que hacerlo. Odio este jodido lugar.
     ¾Más lo odiará si se queda.
Marvin colgó el teléfono; se dirigió al coche, entró en él y se quedó mirando a O’Brien.
     ¾¿Dónde vive usted? ¾Preguntó Marvin.
     ¾Eso no importa. Larguémonos antes de que se arrepientan.
     ¾Mire Sr. O’Brien, por el motivo que sea no hay en todo Purple Rock forma de comunicarse. No hay corriente eléctrica. La avioneta que nos ha traído hasta aquí está sin combustible. Por extraño que parezca no hay ni un alma en todo el pueblo. Es usted la única persona que nos hemos encontrado y la única que sabe que cojones ha ocurrido en este maldito lugar.
     ¾Pero...
     ¾Así que dígame donde vive, para que podamos ir allí, y así podrá explicarme tranquilamente, de una vez y desde el principio, que cojones está pasando.
     ¾De acuerdo. Vaya recto y la segunda calle a la derecha ¾indicó O’Brien que no quería darle otro motivo a Marvin para golpearle de nuevo en la cabeza.
     ¾Muy bien.

Algo increíble

Carl puso en marcha el coche e hizo lo que O’Brien había indicado.
     Al poco tiempo llegaron a la vivienda del Alcalde. Una casa de dos plantas en la que enredaderas de un verde intenso habían cubierto gran parte de la fachada frontal resaltando el blanco del edificio. Tiestos con flores de diversas formas y colores adornaban las ventanas del piso superior dándole al hogar de O’Brien un aire campestre.
     A Marvin le fascinó que en aquella zona rodeada de desierto pudiera observarse tan cuidada jardinería.
     O’Brien, nervioso, miró de un lado a otro de la calle mientras abría la puerta de su casa.
     Los tres hombres entraron en la vivienda.
     O’Brien se encaminó a una de las ventanas del salón, miró a través de ella y corrió la cortina dejando la estancia en penumbra. Realizó la misma acción en todas las ventanas de la planta inferior. Cuando hubo terminado se dirigió hacia los agentes y les invitó con un gesto de su mano a sentarse en un sofá de aspecto bastante confortable.
     Marvin y Carl se lo agradecieron con un movimiento de cabeza.
     El salón era bastante amplio y frente al sofá donde descansaban Marvin y Carl se ubicaba otro sofá de las mismas características, separados uno y otro por una mesita baja de mármol con las patas de madera engalanadas de ornamentos florales en la que reposaban dos refrescos que O’Brien había servido a los agentes.
      A la izquierda de ellos, un sillón enorme descansaba sobre el suelo de madera color caoba que cubría el salón.
     Tras el conjunto de cómodos sofás, se hallaba una mesa de madera maciza en la que diez comensales podían complacer a sus estómagos mientras admiraban a través del ventanal ubicado a dos metros de la gran mesa, un pequeño jardín de una belleza impropia de aquel lugar desértico.
     Flores de distintas especies, como las que Marvin había observado antes de entrar en la casa, recorrían lateralmente el jardín en una armonía de colores dignos de la paleta de un pintor.
     Las paredes que encerraban ese pequeño edén, estaban cubiertas de enredaderas que ascendían en busca de la luz que les proporcionaba la falta de techo en esa parte de la vivienda.
     Marvin estaba absorto mirando el jardín.
     —No nos falta el agua en Purple Rock —dijo O’Brien que se había acomodado en el sillón.
     —Es increíble. Es como un oasis en medio del desierto. Nunca podía haber imaginado ver algo así en este lugar. Es… asombroso —dijo Marvin sin dejar de observar el jardín.
     —A mi mujer le encan… —O’Brien calló de repente y bajó la mirada hacia el suelo—. Le encantaba la jardinería. Al igual que a mi hija, mi pequeña Lucy.
     Los ojos de O’Brien se tornaron vidriosos. Por un momento parecía que iba a llorar. Marvin decidió no perder más tiempo e intentar que O’Brien les explicase lo ocurrido en Purple Rock.
     Aquel hombre se estaba desmoronando.
     —Señor O’Brien, en su mensaje hablaba usted de algún tipo de amenaza. ¿A qué se refería?
     —Lo dejé claro en el mensaje. ¿Es que no lo escucharon?
     —La señal era bastante mala y el mensaje se recibió entrecortado. El sheriff Carter comentó que el día de la llamada hubo una gran tormenta eléctrica.
     —No ha habido una tormenta en Purple Rock desde hace seis meses.
     Marvin se quedó perplejo, pero confirmaba las sospechas de Mayers cuando dijo que no se fiaba del sheriff.
     —Lo provocaron ellos. Ellos lo manipulan todo. Teléfono, electricidad… Estamos aislados —Explicó O’Brien.
     —Pero el sheriff…
     —No hay sheriff en Purple Rock. Lo había pero ya no. Con quién ustedes hablaron no era Carter.
     —Me cuesta entender con qué objetivo, un grupo terrorista querría hacerse con un pueblo como Purple Rock —dijo Marvin.
     —¿Terroristas? ¿Quién ha dicho nada de terroristas? —exclamó O’Brien sorprendido.
     —En su mensaje hablaba usted de una amenaza terrorista en Purple Rock —explicó Marvin.
     O’Brien se echó a reír.
     —¿Terroristas? —exclamó sin parar de reír—. Ojalá fuera eso mi querido Marvin. Nunca dije amenaza terrorista. Dije…
     O’Brien calló de golpe. De las siguientes palabras dependía que los agentes del FBI le tomaran por loco o no.
     —¿Qué es lo que dijo? —insistió Marvin.
     —Dije… Dije amenaza extraterrestre.
     —¿Qué? —exclamó Carl.
     —¿Extraterrestres? —preguntó Marvin a O’Brien que había bajado la mirada, como sintiendo vergüenza de lo que había dicho.
     —Pero, ¿Qué está usted diciendo? Por dios, ¿extraterrestres? No me joda, hombre —dijo Carl que se había levantado y empezado a caminar nervioso por el salón.
     —Lo que ocurre en este lugar es bastante raro y todavía no encuentro una respuesta para lo ocurrido, pero si usted pretende que crea que la desaparición de todo un pueblo se debe a una invasión extraterrestre…
     —Sabía que no me creerían. Es lógico. No sé porque he decidido decírselo. Tengo que haberme vuelto loco de verdad —dijo O’Brien cabizbajo, hablando para sí mismo.
     —Creo que debería descansar, señor O’Brien. Duerma un rato. Estoy convencido de que ha pasado usted por un infierno que le ha dejado… (Loco como una cabra) aturdido. No creo que pueda pensar con claridad. Descanse y cuando esté listo, volveremos a hablar y me dirá lo que de verdad a ocurrido en Purple Rock.
     —Vienen buscando respuestas y cuando se las dan no las aceptan. ¿Acaso cree usted, señor Marvin, que me ha resultado fácil decirles esto? Llevo dos días pensando en que decir sin que me tomaran por loco y quince intentando sobrevivir. Escondiéndome como un preso fugado en cualquier rincón de este maldito pueblo, intentando no perder la cabeza. ¿Creen que estoy loco? Bien, ojalá lo esté, porque de ese modo solo estaría alucinando y mi mujer y mi hija estarían vivas. Al igual que todas las personas de Purple Rock.
     —Lo siento O’Brien, esto es algo que no puedo digerir. Tal vez seamos Carl y yo los locos por no creerle, pero entienda que… no me lo trago. Por dios, póngase en mi lugar, ¿extraterrestres?
     —Si yo estuviera en su lugar, creo que reaccionaría del mismo modo. Quizás debería haberles seguido el juego y decirles que efectivamente eran terroristas. Tal vez así, me creerían y hubieran tomado medidas hasta descubrir que lo ocurrido aquí, dista mucho de un ataque terrorista. Pero lo crean o no, no se mentir.
      Marvin se pasó las manos por la cara mientras intentaba pensar en algo. Las palabras de O’Brien le habían dejado fuera de juego. Se había estado haciendo muchas preguntas desde que aterrizó en el aeródromo de Purple Rock, pero nunca hubiera imaginado que la respuesta a una de sus principales preguntas, ¿Qué ha provocado todo esto?, sería: extraterrestres.
     El asunto era extraño, de eso no cabía duda. La desaparición de los habitantes de Purple Rock era lo más inquietante que había visto Marvin en su carrera como agente del FBI, pero estaba convencido que todo acabaría explicándose de forma lógica.
     Tal vez la gente huyera de allí al sentirse en peligro. Pero, ¿andando? El pueblo estaba lleno de vehículos. Lo primero que haría él, pensaba Marvin, sería coger su coche y largarse de allí a toda leche ante cualquier amenaza. Pero ahí estaban. Aparcados.
     Lo único que le quedaba era escuchar la historia de O’Brien por muy increíble que pareciera.
     No tenía otra cosa.
     Al oírle hablar, O’Brien no parecía un demente. Algo inquieto y nervioso pero no un lunático.
     —Está bien. Cuénteme lo que ha pasado.
     —Marvin, ¿puedo hablar contigo un momento? —pidió Carl que estaba andando de un lado a otro del salón intentando asimilar las palabras de O’Brien.
     Marvin se levantó y se dirigió hacia Carl.
     —¿Cuénteme que ha pasado? ¿No creerás ha este tío?
     —No. no le creo. Pero no tenemos otra cosa. Tal vez en lo que cuente haya algo con sentido que nos haga descubrir la verdad de lo sucedido.
     —Tal vez, Marvin. Esto es lo más raro que me ha pasado nunca. La verdad es que estoy acojonado.
     —¿Por los extraterrestres? —dijo Marvin irónicamente.
     —No seas gilipollas. Creo que algo gordo está pasando. Que sean marcianos o terroristas me importa un huevo, pero… estamos incomunicados. Si ocurriera algo feo en este lugar, no podrían ayudarnos hasta que ya fuera tarde. Estamos solos y no tenemos ni puta idea de qué coño pasa.

     —Escucharemos la historia de O’Brien y ya decidiremos que hacer después. 

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Ilustración para un articulo sobre zombis de la revista digital, LaEncuadre. Dibujo a lápiz y entintado sin borrado del lápiz.

Las Gordales

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Óleo sobre tela. 146 x 114cm. Este fue mi segundo óleo.

El Domador. Página 19.

El Domador. Página 19.
Página de mi proyecto para un cómic de género Z. Dibujo a lápiz, entintado y coloreado por ordenador. Es un cómic de unas 150 páginas que espero acabar y con suerte publicar.

Página 23 de El Domador

Página 23 de El Domador

Página 19 tinta

Página 19 tinta
Tinta de la página anterior.

Página 23 tinta.

Página 23 tinta.

Página 24 de El Domador

Página 24 de El Domador

Página 25 de El Domador

Página 25 de El Domador

Página 28 de El Domador

Página 28 de El Domador

Página 29 de El Domador

Página 29 de El Domador

Página 29 a lápiz.

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Página 30 de El Domador

Página 30 de El Domador

A.H

A.H
A veces, mientras veo la tele, agarro un lápiz y un boli y dibujo lo que sea. Este lo dibujé mientras leía "El cine según Hitchcock" de François Truffaut. En el interior del libro, aparece una fotografía de Hitchcock con Truffaut y me hizo gracia la expresión de este maestro del suspense.